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Esteroides ateos

30 nov

Lenín Maury

Una de las tantas consecuencias derivadas del escándalo de los esteroides en las Grandes Ligas es la desilusión. Me explico: para los que fuimos adolescentes y jóvenes aficionados al béisbol, en especial al de las Grandes Ligas entre los ’90 y los tempranos 2000, en nuestra retina memorial permanecen las imágenes de fantásticos batazos, espectaculares atrapadas, increíbles ponches, todas y cada una de las acciones propias de la pelota, magnificadas y adjetivadas por el ojo de de la idolatría.Este es quizá, por su carácter personalísimo, uno de los temas menos abordados en las crónicas nacionales que desde hace algunos años provocó Juiced y que al parecer, y gracias a la nueva vedette involucrada, será un tema inagotable en esta temporada y en algunas más.

Pero, ¿qué es lo más doloroso de todo esto para mí?… La sombra de la duda. Un elemento que eclipsa y sirve para infravalorar logros y sobre todo, para derrumbar pedestales sagrados para muchos.

La anécdota es personal, pero sospecho que encontrará eco en muchos. Lugar: reunión de amigos. Temas: Varios, hasta que llega el béisbol. Protagonista: Andrés Galarraga, tal vez no uno de los dioses, sino uno de los titanes del deporte nacional. No conozco a nadie –pero por supuesto que deben existir- que le tenga ojeriza al Gran Gato. Hasta mi madre, mujer bastante desentendida del quehacer atlético tricolor, sabe quién es. No conocerá sus marcas, pero en sencillas palabras, “le cae bien”, “es que se ve buena gente”, suele agregar.

Pues, retomando el hilo, el abogado del diablo en turno soltó esta frase en el ya citado cónclave para encender la mecha: “¡Claro! Ahora entiendo la resurrección de El Gato. Si estaba acabado. Acuérdate de San Luis, casi muerto, y luego: ¡pum!, el tipo cose la liga. Seguro se pinchaba”. La afrenta inmediatamente encontró defensores a granel. Atropelladamente y sin respetar turnos se mencionaba al cuasi “gurú” Don Baylor, las bondades del Coors Field, la pelota “más salidora”, la expansión y su cacareada consecuencia en la reducción de la calidad en los brazos ligamayoristas, y así ad infinitum.

El promotor de la discusión reía y seguía esgrimiendo los casos cercanos que rodearon al Gatosu enfermedad –punto que además consideré realmente bajo-, su masa muscular y más, y más.

Sin control, el pseudo análisis ya comenzaba a incluir otros criollos idolatrables en mayor o menor grado, según las simpatías personales: Magglio Ordóñez, Bob Abreu, Melvin Mora, Ramón Hernández…

La provocadora llama se consumió, y la calma regresó al cambiar el tópico, pero ya el daño ya estaba hecho. Camino a casa y los días subsiguientes rememoraba batazos épicos como aquel que se comió Kevin Brown en el estadio de los Marlins, o las semanas de sana angustia cuando el “Big Cat” luchaba por su título de bateo allá por 1993, o sus tres jonrones en un partido en 1995 …

Y por cada recuerdo alegre viene el golpe… ¿¡Coño!, se habrá pinchado, de verdad? Nada que hacer, ya la duda está inoculada y multiplicándose. Más que escepticismo es desazón, despecho deportivo, si vale la frase.

Una sola tabla de salvación me mantiene aún del lado creyente. Recuerdo una vez que Andrés, en una rueda de prensa toreó el tema con su amplia y afable sonrisa: “No vale, lo mío fue a punta de arepas”. Risas generalizadas en el auditorio y voto de confianza. Imposible que El Gato mienta.

Sólo me queda eso, la fe. Pero los esteroides son ateos, Padovani. ¡Qué vaina!

Publicado 26/02/09

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