Lenín Maury

¿Era inevitable que en la por estos días más fresca que helada ciudad de Toronto, un grupo de compatriotas levantara el muro de estupidez que separa a las facciones vociferantes (antes que beligerantes) de un país que desde hace más de 10 años pregona una ruptura de lazos de fraternidad que, según mi humilde pero sólida opinión, están fracturados desde hace décadas atrás, y los mostrase vanidosamente en una tierra ejemplo de integración?…Un grandeliga venezolano está allá, en la provincia de Ontario, intentando contribuir con sus aptitudes, portando el tricolor en su manga derecha y en el pecho el nombre bajo el cual nacimos la mayoría de los que ostentamos esta nacionalidad vernácula, y no hay mejor demostración de conciencia política, madurez deportiva colectiva o simple saber atlético, que emitir cánticos huecos que nada aportan a la que debería ser la meta de los asistentes al duelo: generar esa intangible onda expansiva que insufla ánimo.
La indignación, el sinsabor y la vergüenza se turnan para dejarme salmuera en las encías, impotencia en los nudillos y desasosiego en el pecho. Sin embargo, gente lúcida y con espacio en los medios se dio a la tarea de denunciar esta barbarie y dejar constancia de que en el periodismo nacional la ética y el buenhacer no tienen porque ir de la mano de las tendencias políticas. El trabajo es informar, pero también opinar cuando la situación lo amerita. En este caso la necesidad gritó. La información se registró, el hecho vergonzoso fue reflejado a cabalidad en la mayoría de los medios nacionales, pero en cuánto a disertación se refiere, nada me satisfizo más que los argumentos planteados por Carlos Valmore Rodríguez.
“Ahora la emprendieron con Ordóñez a cuenta de chavista. No lo agredieron por atacar un fly de manera displicente, o por haber cometido un error fatal para el equipo, o por hacer algún comentario contra la hinchada. No, se metieron con él por ‘chavista balurdo’ (…) O sea, compatriotas suyos, a los que está representando en el Clásico, lo sometieron al escarnio público por defender públicamente un credo político. Esa es una demostración de intolerancia y sectarismo odiosa por sí sola y particularmente inoportuna, pues ocurre cuando el coriano está defendiendo la causa venezolana (…) Los deportistas, peloteros profesionales incluidos, son ciudadanos, que tienen el derecho y el deber de interesarse por los asuntos de su polis, sin que por ello deban recibir el rechazo de nadie”. Magglio, Política y Deporte. Carlos Valmore Rodríguez, Diario Líder. Lunes, 9 de marzo, 2009.
En mis manos tengo el número más reciente de la edición de la revista bimestral Olímpicas (Nº3). En ella Alexis Correia disecciona a través de un esclarecedor ensayo el fenómeno inverosímil que durante la pasada Copa América abrió esa dimensión en la que la derrota de los míos es mi propia victoria, algo así como un autosuicidio.
Una de las conclusiones que se extrae del texto, pero que es moneda común para todos aquellos fanáticos del deporte rey en este subcontinente, nos arrincona y nos obliga a entender ¿Cómo es posible que los argentinos en el Mundial del ’78, bajo la inclemente mano de una sangrienta dictadura, no dudaran ni un momento para brindarle apoyo irrestricto y nacional a su selección; y en cambio, un país que dista mucho de aquél, prefiera el fracaso de su representación deportiva para no verse en el trance de adjudicarle al gobierno de turno un éxito que a fin de cuentas recae siempre en primera instancia sobre los hombros de los deportistas? A manera de apropiado epílogo, Correia utiliza una cita de Alberto Barrera Tyszka, redactada durante el tráfago que significó luchar contra 9 selecciones suramericanas en la cancha y contra quién conoce cuántos compatriotas fuera de ella, para cerrar su texto. Sin duda, el epítome de una goleada en contra.
“Me temo que al tratar de ensalzar o descalificar al Gobierno, a cuenta de Copa América, es un pase directo a las duchas. El gol es un exilio provisional que nos hace bien a todos. Tal vez, en el fondo, el fútbol nos devuelve a la experiencia de la vida sin política.
Toca ese anhelo de poder asistir a un espectáculo sin la contaminación ideológica, sin sentir el peso de las grandes verdades patrióticas, de las impostergables urgencias históricas, sin la exigencia obligante de combatir o defender una revolución. Tal vez, el fútbol nos recuerde que, probablemente, necesitamos más placer y menos Simón Bolívar; que también somos otros, que podemos tener más tertulias que debates, más fiestas que marchas y contramarchas, más deporte que programas de opinión. Y que no todo es guerra”. La Vinotinto ¿El pegamento o los añicos de la identidad nacional? Alexis Correia. Olímpicas. Nº3. 2009.
Ver este fenómeno desde la distancia del estudio académico resulta cuesta arriba cuando estamos tan inmersos en la fuente y en el país. Pero cíclicamente me pregunto: ¿Y ahora, tendremos dos, tres, cuatro selecciones? ¿Pintamos una de azul, otra de roja y otra con el gris desentendido de la apatía? Es que acaso edificaremos un Muro debajo de la zona costera para asistir a las justas internacionales con una Venezuela sureña y otra norteña.
Mejor aún, expatriemos a todos esos que a punta de sudar por una mayoría que jamás los ha elegido, buscan imponer un sentimiento patrio que hace siglos implosionó para la estupefacción pequeño veneciana.
La ridiculez es suficiente y democrática. Todos podemos agarrar nuestro trozo sin la necesidad de pagar ni un bolívar fuerte. Tan es así, que por este paraje caribeño pululan acaparadores que la exhiben como una Copa.
Parece que al menos en ese aspecto, a Toronto sí llevamos un inobjetable Dream Team.
Publicado 11/03/09


