Miguel Zambrano
@sinreglaniborra
“Para mí Terry sigue siendo el capitán de Inglaterra”, dijo Fabio Capello tras la decisión de la cúpula de la Asociación de Fútbol inglesa (FA) de arrebatar al defensa el brazalete de capitán de la selección. A la FA no le gustó nada. Frunció el ceño, cruzó los brazos y pidió explicaciones al técnico italiano. Éste fue y dimitió “like a boss”.

Si a esta hora quien lee no lo sabe, todo comenzó con una acusación que pesa sobre John Terry por presuntos insultos racistas contra Anton Ferdinand, defensa del Queens Park Rangers. Según reza el registro de la acusación, el del Chelsea lo llamó “black cunt”. Algo parecido a negro maricón o soplapollas, pero que por respeto a la sensibilidad del lector, traduciré como “negro tonto”. Aún cuando el tema del racismo se presta para el análisis y la sana discusión (hasta que uno se da cuenta que el otro es un _______ tonto), al final todos concluyen que el racismo es condenable e imaginan un mundo mejor mientras cantan la canción del ex Beatle. Pero no es eso lo que se discute en el caso Terry.
El punto que me parece realmente controversial es la (expedita) manera en que la federación asume que el central londinense es culpable, aún cuando un tribunal civil no ha podido pronunciarse al respecto. Un caso clásico de “yo dije, él dijo, le creyeron” amén de la veracidad, comprobada o no, de las acusaciones. La federación se precipita primero en la sanción, y luego por segunda ocasión. Esta vez, de bruces contra el suelo.
En su afán por castigar la reprochable (y aún presunta) actitud de John Terry, yerra al no advertir que el agredido realmente es el profe, el míster, el DT. También la propia selección inglesa. Un desautorizado Fabio Capello observa amarrado al pizarrón cómo rueda lentamente la granada en la trinchera del vestuario. Lo que hizo la federación fue crear una paradoja espaciotemporal en la que el director técnico y su prestigio no podrán convivir. Si uno se mantiene, el otro forzosa e inexpugnablemente deberá marcharse.
Fabio Capello decide irse, dejando intacto el respeto ganado. Se va como un técnico que para bien, indudablemente para bien, se puso detrás de su equipo, de la individualidad de sus jugadores y empujó hacia adelante. Para unos, se fue como diciendo “si quieren las riendas, ahí les dejo el carro”, pero indudable es que se lleva la entereza del técnico egoísta que no permite que se juegue con su tablero, con sus piezas, con su equipo y su pizarra. Como debe ser.
Para mí Capello sigue siendo el capitán de Inglaterra.
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