Archivos por Etiqueta: LVBP

La unificación de Gregor

31 mar

Carlos Valmore Rodríguez
@CarlosValmore

El spring training de 2012 ha acortado algunos kilómetros a la inconmensurable brecha que se abrió entre el Gregor Blanco de Venezuela y el Gregor Blanco de Estados Unidos. El de la LVBP es la estrella, el fuera de lote. El del norte era otro árbol del bosque hasta que, durante esta primavera,  floreó abundoso  en medio de cactus y tunales.

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Tigres: La dinastía absolutista

1 feb

Carlos Valmore Rodríguez
@CarlosValmore

En 1998, Aragua era lo que La Guaira ya no es: una franquicia enferma de derrotismo, programada para la resignación tras más de dos décadas de rutinización del fracaso. Una divisa con evidentes síntomas de envejecimiento, estériles sus granjas, lúgubre el porvenir. Una organización con rumbo incierto que se movía por inercia hacia ninguna parte. El eclipse total iba ya por cuatro lustros y medio y daba la impresión de que el oscurantismo se haría multisecular y millones de tigreros crecerían y morirían sin bañarse en champaña. Era el equipo simpático, al que nadie le guardaba antipatía porque a nadie podía dañar. Así eran los Tigres que encontraron  José María Pagés y Rafael Rodríguez Rendón cuando tomaron las riendas que llevaba Homero Díaz Osuna, el líder fundador, bajo cuya égida nació un equipo que ejercería la supremacía en la LVBP durante la primera mitad de los setenta.

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Yo no soy un traidor

31 ene

Carlos Valmore Rodríguez
@CarlosValmore

Cuando era fanático, siempre me negué a sentirme un traidor a la patria por ligarle en contra en la Serie del Caribe a un equipo venezolano que me cayera mal. Estaba en todo derecho de hacerlo porque es una impostura decir que una novena X, por ganar el torneo de pelota local, se transforma por obra y gracia del Espíritu Santo en Venezuela. Ese punto de vista lo sostengo ahora como periodista.

¿Quién diablos le da carácter nacional a una particularidad de la pelota? ¿Con permiso de quién? Esa es una usurpación a la bandera y a los símbolos patrios. Los Tigres de Aragua representan formalmente a la Liga Venezolana de Beisbol Profesional en la Serie del Caribe, un torneo que nació, y se mantiene, como una medición entre clubes campeones. Tan falso es decir que el Real Madrid representa en la Champions League a todos los españoles como afirmar que los Tigres, o los Leones, encarnan a Venezuela. El Madrid representa a los madridistas, el Caracas a los caraquistas. Esa es la diferencia entre una selección y un club. La selección arropa a toda una nación, el club a sus parciales. Si no, pregúntenle a un seguidor del Madrid si le desea bien al Barcelona cuando se mide con el Manchester United.

Los medios de comunicación, y la propia Confederación del Caribe, tienden a vendernos gato por liebre al llamar Venezuela a Lara, a Magallanes, o Dominicana a Licey, o a Escogido. Lo hacen para vender mejor el espectáculo, solo para eso. Es como la pregunta de la enmienda ¿Aprueba usted ampliar los derechos políticos? ¿Quiere usted pasar una noche con Shakira? ¿Apoya usted a Venezuela? Planteado así, no hay disenso posible. Pero repito, es una mascarada. Para que la Serie del Caribe pase a ser un torneo de naciones no podría haber en el uniforme del representativo patrio ningún vestigio del traje del elenco que ganó el certamen doméstico; la escogencia de los jugadores debería quedar en manos, no del mánager y el gerente general del conjunto que se tituló, sino de un comité organizador que lleve a quien le parezca conveniente. Eso sería injusto. Yo gano, yo escojo a los que van. ¿Porque es una puja entre quiénes? Entre clubes.

Me argumentan que en las reseñas de MLB no dicen Tigres, ni Leones, ni Venados. Dicen Venezuela, Puerto Rico, México. Es una vulgar simplificación, como cuando le decíamos Rusia a la Unión Soviética. Es un error, comprensible en un medio que pretende darle a entender a un público que desconoce la significación de la serie cómo va ese torneo y quiénes participan. Claro que para un habitante de Iowa es más identificable Venezuela que Aragua, como para un argentino todos los venezolanos somos caraqueños, porque es la referencia que tiene de acá. Entiendo perfectamente que muchos venezolanos se identifiquen más con un elenco criollo que con uno que juega en Santo Domingo. Es la natural identificación con el semejante, con el compatriota. Chévere. Pero es absolutamente válido que, si le tengo especial inquina a un conjunto que es mi “acérrimo enemigo” doméstico, le desee lo peor en la Serie del Caribe. Es hasta matemático: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. El que así proceda no se pone en contra del país. No se deje meter gato por liebre: es Aragua, no Venezuela. Es Caracas, no la patria.

Publicado 06/02/09

¡Ahora somos Venezuela! (Mentira)

30 ene

Octavio Sasso
@Octasasso

Mi papá, fanático hasta el último de sus días de los Cardenales de Lara, siempre me contaba la misma anécdota de su tío fallecido. Al principio yo no entendía nada, pero al correr de los años, con sus gestos, sus rabietas, sus dolores de cabeza, fui entendiendo a qué se refería. Un día me contó que Leopoldo, hermano menor de su padre, antes de morir en un hospital de Barquisimeto, empezó a llorar. La familia se le acercó con preocupación y, en medio de varias preguntas, esperaba que la respuesta de él tuviese que ver con alguna reacción normal de alguien que se acerca a su destino final. Pero ninguno de los presentes acertó.

Leopoldo se secó las lágrimas y le tomó fuertemente la mano a uno de sus hijos. Con la voz temblorosa atinó a decir: “Lo único que lamento de irme ahora, es que nunca pude ver al Cardenales campeón”. Esa frase la tomó prestada mi papá pero para decirme que ya se podía ir tranquilo, la noche en que su amado equipo larense le pidió permiso al Caracas y tomó el trofeo con sus manos.

 

Jamás olvidaré el rostro de mi viejo el día que Lara jugó la Serie del Caribe en Miami. Nadie daba nada por ellos, pero eso a él no le importaba. Al momento en que se anunciaban uno a uno los jugadores de Cardenales, mi papá sonreía e inflaba el pecho. Para él, más allá de ver a Venezuela jugar un Mundial de Fútbol o a cualquier otra selección pelearle de frente a los gigantes, su corazón sólo se llenaba cuando en la radio se escuchaba: “Ahí viene el Cardenales”.

Mi papá jamás le ligó a nadie más. Si la Serie del Caribe la jugaba cualquier otro equipo, él ni siquiera prendía el televisor. Hoy me parece escuchar su voz, esa con la que se quejaba al leer los periódicos que se atrevían en esa época a asegurar que en la tarde jugaba Venezuela. Siempre decía lo mismo: “Lara es Lara, Venezuela es otra cosa”.

Hoy me da tristeza que no esté, pero al mismo tiempo agradezco que no le toque sufrirlo más. Ver a una misma persona ir al estadio a celebrar por tres equipos diferentes y luego, sea cual sea el ganador, enfundarse bajo la bandera criolla enarbolando un patriotismo estúpido para esperar los triunfos “venezolanos”, a él lo hubiese matado.

No me lo imagino en un restaurante o en la sala de mi casa, aplaudiendo a los Tigres de “Venezuela” por su victoria. Tampoco me lo imagino apoyando la tesis de usar los uniformes tricolores o llenando el lineup de jugadores “refuerzos”. Para mi papá, Cardenales era su vida y tan sólo el hecho de verlo jugar contra los grandes del Caribe con una inscripción en el pecho que dijera Lara, ya era suficiente placer.

Archivo Cadena Capriles

Quizás hoy, él pudiese entender que el deporte es un negocio cada vez más lucrativo y que se tiene que inventar cualquier cosa para revivir un torneo aburrido, tedioso y con poco interés. Lo que él jamás entendería es a aquellas personas que cambian sus colores de un día para otro y que su corazón lo pintan de acuerdo al mejor postor. Seguramente diría: “Mi sangre es de Cardenales”.

Publicado 03/02/09

La guerrilla se hizo poder

26 ene

Carlos Valmore Rodríguez
@CarlosValmore

Como La Guaira de la “guerrilla”, los Tiburones de hoy visten de blanco, azul y rojo,  anidan en el Universitario, contonean los hombros a cadencia de samba y le metieron el pecho a la final con armadura de hierro criollo. Hasta ahí llegan las semejanzas entre aquel plantel que marcó época en los ochenta y este que aspira a escribir su propia Ilíada. En todo lo demás son diferentes y, en algunos casos, diametralmente opuestos.

La hipótesis de conflicto de los Tiburones del presente se basa en la guerra convencional, mecanizada, los Panzers de Guderian. Al menos seis de sus nueve bateadores principales pueden aniquilar a su oponente con un solo swing.  Mientras algunos en el mundo  las ocultan, esta versión de La Guaira exhibe, oronda, sus armas de destrucción masiva. Ellos no corren las bases, trotan por ellas.

La estrategia de los salados de los ochenta era exactamente la contraria:  la guerra asimétrica, ¡de guerrillas, pues! Una emboscada aquí, correr, esconderse, volver a emboscar, retirarse, minar sin que el enemigo lo note. Pegar e irse. El Vietcong. “Somos un equipo que debe arañar para hacer las carreras”, confesaba a El Nacional uno de los comandantes guerrilleros, Norman Carrasco, en enero de 1986, justo en medio de la celebración del que, por ahora, es el último gran bocado que saborearon los escualos, la diadema de la 85-86. “Un jitcito por allá, un machucón, un bateo y corrido, un robo”. Lo mismo afirma Alfredo Pedrique.  Solo dos jonrones dieron los Tiburones en la postemporada de 1986, que constó de 13 partidos.  Esta versión suma 29  en 18 compromisos. Mientras “la guerrilla” aplicaba la economía de guerra en su ofensiva,  como se hace en la montaña,  estos salados derrochan batazos  como en Las Vegas se despilfarra electricidad.

Archivo Cadena Capriles

El pelotón que coronó a  La Guaira en 1986 disponía de un pitcheo brillante. A Brayan Clark, Odell Jones y compañía costaba trabajo profanarles el home. Eran excelentes  escopeteros; y necesitaban serlo, por instinto de conservación. Sabían que no podían esperar demasiado del lineup. De modo que era un pitcheo autogestionario,  individualista, sometido a permanente estrés, pues se asumía echado a su suerte. A Vargas Llosa, que le encantan esas historias de gente que sufrió hasta lo indecible y al final prevaleció sin ayuda de nadie, seguramente le habría fascinado relatar la vida de esos atormentados lobos esteparios.  ¿Se imaginan ir a la lomita consciente de que debes lanzar como Sandy Koufax para vencer? Es como para terminar echado en el diván del psiquiatra.

No van por ahí los tiros en la tropa de Marco Davalillo. Los tiradores ganan, sí, pero saltan tranquilos al vacío porque saben que el paracaídas de la ofensiva se abrirá a tiempo. El estrés lo padecen los pitchers…. del otro equipo.

Pero para hacer justicia con “la guerrilla”, sus miembros ofrecían a sus camaradas del morrito una red de seguridad que ya quisieran para sí los pitchers de estos Tiburones de inclemente artillería: la buena defensa. En la 85-86, La Guaira tenía en su lineup a cuatro campocortos naturales, y muy talentosos: Oswaldo Guillén, Argenis Salazar, Gustavo Polidor y Alfredo Pedrique (todos llegaron a las Grandes Ligas precisamente por su virtuosismo al fildear). “Nos decían las aspiradoras”, rememora Ozzie. El piloto José Martínez tuvo que desterrar a varios de ellos,  y lo mejor fue que aceptaron de buena gana el desarraigo en aras de los supremos intereses del bien común.  “Ahí no había egoísmos. Todo el mundo lo aceptó”, apunta Pedrique. Había tanta calidad defensiva en el cuadro que el Novato de la Liga Americana en funciones (Guillén) fue alineado varias veces como designado para aprovechar el guante privilegiado de Argenis Salazar.  Martínez los mudaba de posición para que cupiera todo el talento. Davalillo también mueve algunas de sus piezas en el campo, pero para ubicarlas donde hagan el menor daño posible con el guante. Afortunadamente, son la minoría.

Hay otra diferencia entre “La Guerrilla” y ¿Cómo llamaremos a esta versión? ¿La quinta de Gregor? ¿Los Bombarderos de Los Chaguaramos? ¿La Armada del Litoral?  Aquella versión no tenía que cargar el peso de 26 años de frustraciones acumuladas. Sobre este equipo recae una responsabilidad enorme: hacer que amanezca de golpe, que termine la noche de un cuarto de siglo, que llueva de nuevo en el Atacama (si llueve “Café”, mucho mejor). Estos guairistas vienen a ser una especie de Libertadores.  Escalofriante reto.

El Universal

Pero son ellos los llamados a rayar la aurora sobre La Guaira. En las  últimas dos décadas no ha habido un equipo de los Tiburones con tanto empaque de conquistador como este (ni que se haya acercado tanto a la corona). Son los Tiburones más temibles en mucho tiempo, los mejores hombres en su mejor momento. Así que deben ser ellos los que cambien la suerte. Si lo hacen, tendrán otro elemento en común con esa “guerrilla” que les hace sombra: el aura del campeón.  Y dejará de tener sentido el “pa’ encima”, pues simplemente estarán “encima” de todos.   En las vitrinas de la divisa, el trofeo de 1986 espera, desde hace 26 años, un nuevo compañero que se pose a su diestra. Ese espacio ha estado vacío demasiado tiempo y parece haber llegado el momento de que alguien se encargue de llenarlo. Porque estos Tiburones, como glosaba Cabrujas, el guairista por antonomasia, salen y se afanan, salen y son. Estoy seguro de que el gran intelectual  le pediría a Marco Davalillo lo mismo que le imploró a Pedro Padrón Panza en aquella carta que marcó su regreso a la grey escuala: “cuide el pitcheo”.

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Cosa ma’ grande!

1 dic

Daniel Mariani C.
@dlitro

Madrugada del lunes 31 de Enero 2009, La Habana. Cuba. Milles de cubanos siguen por sus transistores las incidencias de la final de la Liga Profesional de Beisbol Venezolano. La gran mayoría son simpatizantes de los Leones del Caracas, ligan con todas sus fuerzas a peloteros con caras que no han visto en su vida.

La pasión por el beisbol excede los límites en esta isla caribeña. Los cubanos, a través de la sección deportiva del diario Granma, se han ido empapando de la naturaleza de este popular deporte y de como se vive en Venezuela. Nunca han escuchado a Franco y Oscarcito, pero saben que hay un pelotero que le dicen El Hacha. La mayoría cruza los dedos por un batazo de Chucho Guzmán, pero otros, maracayeros de corazón a pesar de ser de Camagüey, ven en Víctor Moreno la esperanza de coronarse campeón por 3er año consecutivo.

La lluvia en Caracas demoró el partido. En la isla no llovía desde hace días. La brisa intermitente de los ventiladores habaneros no se parecía al olor a lluvia que sentían los asistentes al estadio universitario que esperaban con las mismas ansias de aquellos cubanos. Un puente se tendió desde La Guaira hasta la bahía de Guantanamo, un sólo país unido por la pasión peloteril.

Aragua gana y La Habana casi muda. Los pocos gritos de celebración molestaban a los caraquistas. “Asere, los leonej somoj loj etelno’ campeonej’” rezaban los más entendidos, como para consolarse.

Sábado 9 de mayo. 12:17 pm. Enmarcado en el convenio de colaboración para el fanático deportivo Cuba-Venezuela, el diario deportivo Líder publica una nota titulada “La están viendo clarita” firmada por AP.

La intención: que el pueblo venezolano se paralice con la final del beisbol cubano que, según la nota, ya está cerca. El equipo de Villa Clara se ve sólido. Ese de la foto debe ser Ariel Borrero, gran toletero, jugando para la selección. La agencia no mandó fotos del encuentro entre Villa Clara y Santiago.

La fiebre del beisbol cubano late. Que se prepare Las Mercedes que, si quedamos campeones, saldremos a celebrar. “Como los moros y cristianos, en Villa Clara nos los desayunamos”

Publicado 11/05/09

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El fantasma de Montalbán

1 dic

Carlos Valmore Rodríguez
@CarlosValmore

Esta semana viví una experiencia que me partió el alma. Después de cenar con unos colegas le di la cola a uno de ellos, que vive en El Paraíso, cerca de la redoma de La India. Mientras rodaba me percaté de que a uno de los cauchos le faltaba bastante aire. Como ya era pasada la media noche le pedí al colega que me acompañara a buscar una estación de servicio. Entramos a la que está en la redoma, pero ahí no había manguera. Recordé mis días de ucabista y le comenté al amigo mío: vamos a buscar la bomba que está saliendo de la Católica. Cuando llegamos aquello se veía todo oscuro y bastante tenebroso. En esas avistamos a alguien caminando como un aparecido en la estación de servicio. “Mira, ahí hay un bombero, vamos a preguntarle”, dije. Él iba caminando y nos daba la espalda cuando lo llamamos. Al voltearse quedé paralizado de la impresión: aquel bombero que deambulaba por la lóbrega nocturnidad caraqueña como un mendigo era Carlos Quintana, uno de los grandes bateadores de la pelota venezolana en los años noventa.

Quise preguntarle qué hacía allí en mitad de la oscurana. Quise indagar si tenía hogar, si tenía familia. Pero no podía entregarme al reportaje interpretativo en ese sitio, a esa hora y con ese caucho espichado. Al final solo le hice una interrogación: “Carlos, ¿hay aire para los cauchos?” El ex grandeliga, uno de los pocos venezolanos que ha remolcado seis carreras en un inning bajo la cúpula de las mayores, respondió con voz de ultratumba: “Cómo está esa gente”, “para dónde van por ahí” y “esto está cerrado”. “El Cañón”, “El orgullo de Mamporal”, el hombre que llegó a acumular más de un millón de dólares en el circo máximo y que tuvo la desgracia de voltearse en una camioneta cuando se aprestaba a consolidarse con los Medias Rojas de Boston, aparecía ante mis ojos con fachas de indigencia.

En verdad lo reconocí porque lo vi un par de veces en el estadio Universitario, a donde acudía a pedir ayuda. De hecho Bob Abreu estaba muy interesado en tenderle una mano. Pero lo que yo ignoraba era que se hallara en tan precario estado. Nada que ver con el voluminoso slugger que sembraba el terror con las Águilas del Zulia y que se dio el lujo de sentar durante una temporada a Mo Vaughn, principal prospecto de Boston en las nacientes de la década pasada. Humberto Acosta me contó que, pocos días antes del accidente, fue a entrevistar a Quintana en el edificio de Montalbán en el que vivía el pelotero. “Supongo que todavía tiene ese apartamento”, cruzaba los dedos la principal referencia del periodismo escrito venezolano en la fuente beisbolera.

Quintana andaba penando a menos de un kilómetro de la sede del IND, donde funciona la Fundación de Ayuda al Atleta y ex Atleta. Me nace un dilema ¿Debe ser Quintana amparado por la cobertura social que brinda ese organismo estatal? En principio, no. Quintana fue un atleta profesional, no participó en selecciones nacionales de alto rendimiento. Su talento lo usó siempre para su propio beneficio y ganó bastante plata. Se supone que Fundaexa nació, sobre todo, para salvaguardar a los deportistas amateur que representaron al país y apenas recibían lo que el gobierno les proporcionaba. Fundaexa es para Morochito Rodríguez, no para Quintana, quien en teoría tendría que ser socorrido por la Asociación de Peloteros.

Pero hay grises en esta gama. Por el solo hecho de ser ciudadano venezolano, Quintana goza, por mandado constitucional, del derecho a una vivienda cómoda e higiénica, a salud gratuita y de calidad, a ser alimentado, a ser incluido en la sociedad. Ya que es atleta, pues qué mejor institución que Fundaexa para sacarlo del apuro. Quintana, como ser humano, tiene derecho a una vida digna, sin importar la mala cabeza que tuvo y que lo llevó a evaporar más de un millón de dólares. Si ningún particular le arroja un salvavidas, el Estado tiene la obligación de zambullirse y sacarlo del agua. Somos una sociedad, no una jauría que deja atrás a los menos aptos.

Publicado 18/04/09

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