Carlos Valmore Rodríguez
@CarlosValmore
Como La Guaira de la “guerrilla”, los Tiburones de hoy visten de blanco, azul y rojo, anidan en el Universitario, contonean los hombros a cadencia de samba y le metieron el pecho a la final con armadura de hierro criollo. Hasta ahí llegan las semejanzas entre aquel plantel que marcó época en los ochenta y este que aspira a escribir su propia Ilíada. En todo lo demás son diferentes y, en algunos casos, diametralmente opuestos.
La hipótesis de conflicto de los Tiburones del presente se basa en la guerra convencional, mecanizada, los Panzers de Guderian. Al menos seis de sus nueve bateadores principales pueden aniquilar a su oponente con un solo swing. Mientras algunos en el mundo las ocultan, esta versión de La Guaira exhibe, oronda, sus armas de destrucción masiva. Ellos no corren las bases, trotan por ellas.
La estrategia de los salados de los ochenta era exactamente la contraria: la guerra asimétrica, ¡de guerrillas, pues! Una emboscada aquí, correr, esconderse, volver a emboscar, retirarse, minar sin que el enemigo lo note. Pegar e irse. El Vietcong. “Somos un equipo que debe arañar para hacer las carreras”, confesaba a El Nacional uno de los comandantes guerrilleros, Norman Carrasco, en enero de 1986, justo en medio de la celebración del que, por ahora, es el último gran bocado que saborearon los escualos, la diadema de la 85-86. “Un jitcito por allá, un machucón, un bateo y corrido, un robo”. Lo mismo afirma Alfredo Pedrique. Solo dos jonrones dieron los Tiburones en la postemporada de 1986, que constó de 13 partidos. Esta versión suma 29 en 18 compromisos. Mientras “la guerrilla” aplicaba la economía de guerra en su ofensiva, como se hace en la montaña, estos salados derrochan batazos como en Las Vegas se despilfarra electricidad.

Archivo Cadena Capriles
El pelotón que coronó a La Guaira en 1986 disponía de un pitcheo brillante. A Brayan Clark, Odell Jones y compañía costaba trabajo profanarles el home. Eran excelentes escopeteros; y necesitaban serlo, por instinto de conservación. Sabían que no podían esperar demasiado del lineup. De modo que era un pitcheo autogestionario, individualista, sometido a permanente estrés, pues se asumía echado a su suerte. A Vargas Llosa, que le encantan esas historias de gente que sufrió hasta lo indecible y al final prevaleció sin ayuda de nadie, seguramente le habría fascinado relatar la vida de esos atormentados lobos esteparios. ¿Se imaginan ir a la lomita consciente de que debes lanzar como Sandy Koufax para vencer? Es como para terminar echado en el diván del psiquiatra.
No van por ahí los tiros en la tropa de Marco Davalillo. Los tiradores ganan, sí, pero saltan tranquilos al vacío porque saben que el paracaídas de la ofensiva se abrirá a tiempo. El estrés lo padecen los pitchers…. del otro equipo.
Pero para hacer justicia con “la guerrilla”, sus miembros ofrecían a sus camaradas del morrito una red de seguridad que ya quisieran para sí los pitchers de estos Tiburones de inclemente artillería: la buena defensa. En la 85-86, La Guaira tenía en su lineup a cuatro campocortos naturales, y muy talentosos: Oswaldo Guillén, Argenis Salazar, Gustavo Polidor y Alfredo Pedrique (todos llegaron a las Grandes Ligas precisamente por su virtuosismo al fildear). “Nos decían las aspiradoras”, rememora Ozzie. El piloto José Martínez tuvo que desterrar a varios de ellos, y lo mejor fue que aceptaron de buena gana el desarraigo en aras de los supremos intereses del bien común. “Ahí no había egoísmos. Todo el mundo lo aceptó”, apunta Pedrique. Había tanta calidad defensiva en el cuadro que el Novato de la Liga Americana en funciones (Guillén) fue alineado varias veces como designado para aprovechar el guante privilegiado de Argenis Salazar. Martínez los mudaba de posición para que cupiera todo el talento. Davalillo también mueve algunas de sus piezas en el campo, pero para ubicarlas donde hagan el menor daño posible con el guante. Afortunadamente, son la minoría.
Hay otra diferencia entre “La Guerrilla” y ¿Cómo llamaremos a esta versión? ¿La quinta de Gregor? ¿Los Bombarderos de Los Chaguaramos? ¿La Armada del Litoral? Aquella versión no tenía que cargar el peso de 26 años de frustraciones acumuladas. Sobre este equipo recae una responsabilidad enorme: hacer que amanezca de golpe, que termine la noche de un cuarto de siglo, que llueva de nuevo en el Atacama (si llueve “Café”, mucho mejor). Estos guairistas vienen a ser una especie de Libertadores. Escalofriante reto.

El Universal
Pero son ellos los llamados a rayar la aurora sobre La Guaira. En las últimas dos décadas no ha habido un equipo de los Tiburones con tanto empaque de conquistador como este (ni que se haya acercado tanto a la corona). Son los Tiburones más temibles en mucho tiempo, los mejores hombres en su mejor momento. Así que deben ser ellos los que cambien la suerte. Si lo hacen, tendrán otro elemento en común con esa “guerrilla” que les hace sombra: el aura del campeón. Y dejará de tener sentido el “pa’ encima”, pues simplemente estarán “encima” de todos. En las vitrinas de la divisa, el trofeo de 1986 espera, desde hace 26 años, un nuevo compañero que se pose a su diestra. Ese espacio ha estado vacío demasiado tiempo y parece haber llegado el momento de que alguien se encargue de llenarlo. Porque estos Tiburones, como glosaba Cabrujas, el guairista por antonomasia, salen y se afanan, salen y son. Estoy seguro de que el gran intelectual le pediría a Marco Davalillo lo mismo que le imploró a Pedro Padrón Panza en aquella carta que marcó su regreso a la grey escuala: “cuide el pitcheo”.
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